10 abr. 2013

El revolucionario | Jon Lee Anderson


La clínica siquiátrica del doctor Edmundo Chirinos está en un distrito que antaño fue uno de los más refinados de Caracas. Chirinos es un hombre bajo, ya en sus 60, que tiene ojos traviesos y cejas pobladas. Por su consultorio han desfilado profesionales de alto rango y prominentes figuras políticas. Me dijo que desde 1958, cuando Venezuela se convirtió en una democracia multipartidista, ha tenido el gusto de conocer a siete de sus presidentes, que han llegado a ser sus amigos o sólo sus pacientes. Hugo Chávez es uno de esos presidentes y amigos personales. Dice que es el hombre más honesto que ha conocido.

Chirinos quería conversar conmigo acerca del Presidente Hugo Chávez y me dijo que la manera más discreta de hacerlo era a través de un cuestionario diseñado por uno de sus colegas. Este exponía 50 rasgos personales que tanto se le podían atribuir al Libertador Simón Bolívar como al Presidente Chávez o a ambos.
Comenzó a leer el cuestionario y enfatizó algunas de esas semejanzas: “Es una persona difícil y malhumorada cuando se siente frustrado. Cuando uno menos lo espera, saca su buen humor y platica con familiaridad con desconocidos y amigos por igual. En ocasiones es injusto con sus opiniones, pero en otras es demasiado tolerante. Su carácter es impredecible y desconcertante. Prefiere abrazar sueños que parecen imposibles en lugar de confrontar las duras realidades de la vida”.

Cuando llegamos al rasgo 14 del cuestionario, que tenía que ver con la vanidad, Chirinos afirmó: “Esto es cierto, Chávez tiene rastros de narcisismo”. En la número 15 -¿Manifiesta un autoritarismo desenfrenado que predispone a la gente en su contra?-, me miró y dijo: “Sí, esta característica es muy pronunciada en Hugo”. Y así recorrimos todo el documento, en el que Chirinos describió a Chávez como hiperactivo e imprudente, impuntual y que sobrerreacciona a las críticas, rencoroso, políticamente astuto y manipulador, que nunca duerme más de dos o tres horas por noche.

Cuando me despedí, me enfatizó que el presidente venezolano está mentalmente sano y normal: “Excepto por su poder, el presidente no es muy diferente a usted o a mí”.

Chávez es un “creole mestizo”, como lo era Bolívar, y esto a pesar de que muchos cuadros que pintan al “Libertador” lo muestran como un hombre de piel blanca. Los rasgos de Chávez son de color bronce oscuro; tiene labios sobresalientes; ojos profundos debajo de densas cejas; cabello negro y rizado; una larga nariz en forma de hacha. Parece tener una memoria casi fotográfica. Es todo un adulador con las personas con las que se ha encontrado tan sólo una vez y se dirige a ellas por sus nombres. También es un bromista empedernido y con poco tacto. En un encuentro con Putin en Moscú, se puso en posición de karate antes de saludarlo. Putin quedó perplejo. “Escuché que eres cinta negra -le dijo Chávez-. Yo soy beisbolista”.

Conversé con Chávez largo y tendido por primera vez en su residencia, una mansión estilo hacienda, conocida como La Casona. Eran cerca de las nueve de la noche y Chávez se encontraba sobre el césped en una mesa de madera, bajo un árbol de mangos. Llevaba zapatillas, jeans negros y una larga camisa tipo túnica. Papeles, bolígrafos y un par de celulares estaban sobre la mesa. Un empleado nos trajo café expreso, jugo de mango y galletas saladas. Chávez es un adicto a la cafeína. Cuando sus asistentes se dieron cuenta de que tomaba unos 26 expresos al día, bajaron la ración a 16.

Me acordé de las observaciones del doctor Chirinos sobre la sensibilidad de Hugo Chávez y su tendencia a llorar, y le pregunté al presidente si compartía la trágica visión acerca de la vida que tenía Bolívar.

Y es que Chávez habla siempre de su voluntad de morir al servicio de la patria y se especula que tiene complejo de mártir. Había meditado sobre eso días atrás, durante una ceremonia oficial para depositar una corona en la tumba del “Libertador”. Chávez llegó a la ceremonia acompañado de los presidentes de México y Colombia. Ambos usaban chalecos antibalas, pero Chávez no.

Le pregunté por qué. “Nunca uso”, me respondió. Este asunto vuelve paranoicos a sus guardaespaldas. Tanto, que hasta el mismo Fidel Castro, según Chávez, le ha dicho que se cuide mejor. “Es posible que tenga algo de eso ese sentido trágico de la vida”, me reconoció.

Chávez es un showman natural. Durante su acostumbrado programa de radio y televisiónAló, Presidente, que se transmite en vivo y dura horas y horas, acostumbra a regañar a sus críticos, amenaza a sus enemigos, canta, recita poesía, tira chistes y generalmente exagera su actuación. De manera insoportablemente detallada, les dice a sus televidentes todo lo que ha hecho o está por hacer; rememora su infancia; lee a Marx; la Biblia, y sobre todo, Bolívar. Cuando ha estado de viaje, señala sobre el mapa los lugares que ha visitado, exalta su belleza y describe la gente que encuentra. Estas cosas pegan bien con los venezolanos de origen pobre, pero otros consideran sus monólogos como algo muy irritante. “¿Viste a nuestro príncipe payaso la otra noche?”, es uno de los típicos comentarios después de Aló, Presidente. Muchos venezolanos de tez blanca y de la clase media desprecian a Chávez. Un financiero de impecable ascendencia ibérica me dijo, con cara de disgusto, “que se sentía avergonzado de tener a ese mono como presidente”.

Chávez está prácticamente aislado de los líderes de negocios de Venezuela, y según me dijo un ex funcionario del Departamento de Estado: “Esta gente, probablemente, nunca antes se había encontrado con alguien como él, a excepción tal vez del muchacho mandadero de la casa”.

La oposición a Chávez está aún desorganizada y fragmentaria, sin embargo, ha habido protestas y huelgas de sindicatos que sienten que él está tratando de diluir su poder. Cada vez que se siente desafiado, Chávez se pone a la defensiva y tilda a sus críticos de “oligarcas” y “mentirosos”, y los acusa de conspirar para sabotear al gobierno.

Rumores de movimientos dentro de las Fuerzas Armadas en contra de Chávez siempre están circulando por Caracas, pero parecen provenir del Frente Institucional Militar, constituido por oficiales retirados del ejército y dirigido por Fernando Ochoa Antich. “Yo soy de aquellos que creen que eventualmente las Fuerzas Armadas serán un factor desestabilizador para el régimen de Hugo Chávez”, me explicó. “Estamos convencidos de que una Venezuela democrática y pluralista no puede existir con Chávez. No hay otras alternativas mientras Chávez esté sobre el escenario”.

Por su parte, Chávez afirma que la mayoría de los miembros de las Fuerzas Armadas de Venezuela le son leales. Aunque a mí me reconoció personalmente que no en “un ciento por ciento”.

Hugo Chávez fue el segundo de seis hijos de Elena Frías y Hugo de los Reyes Chávez, ambos pobres y profesores de primaria en el estado occidental de Barinas. Hugo hijo era un ávido beisbolista y lector de historia. Ingresó al ejército como cadete a los 17 años y se graduó de la academia militar de Venezuela en 1975, con un título en artes y ciencias. Fue asignado a un batallón que tenía como órdenes aplastar el levantamiento liderado en Barinas por la neorganización maoísta “Bandera Roja”. Chávez ha dicho que fue durante la campaña antiguerrilla en Barinas cuando comenzó a sentir simpatía por el pueblo y la causa revolucionaria.

Ni él ni sus amigos tenían la menor idea de qué iban a hacer, pero a principios de los 80 fundaron la organización secreta Movimiento Revolucionario Bolivariano. Por ese tiempo, el hermano mayor de Hugo, Adán, un profesor universitario de marxismo, lo introdujo con Douglas Bravo, uno de los líderes guerrilleros más famoso de Venezuela. Adán Chávez era miembro del partido de Bravo, conocido como el Partido de la Revolución Venezolana, que abogaba por una toma revolucionaria marxista en Venezuela en una alianza entre civiles y militares.

Hugo Chávez trabajó con Douglas Bravo hasta poco antes del intento de golpe de Estado en 1992. Bravo me dijo que Chávez había traicionado sus principios izquierdistas a favor de un atentado puramente militar. El Presidente Chávez cuenta una historia diferente: dice que Bravo rompió relaciones con él más tarde, después de que decidiera buscar el poder por medio de la urna electoral en lugar de la pistola. De cualquier forma, esta ruptura es emblemática de los problemas de Chávez con algunos izquierdistas de Venezuela, los cuales tienen reparos acerca de sus antecedentes militares, sus políticas proempresa y sus amistades con personas de variadas filosofías políticas.

En ciertos barrios bajos de Caracas, algunos impacientes militantes de izquierda han formado una cuasi guerrilla clandestina y armada. Hasta ahora, se han dedicado a actividades de “limpieza social”, como la ejecución de traficantes de drogas. Una diputada de la bancada chavista, Marelis Pérez Marcano, me dijo que le preocupa el paso lento del cambio: “Mi gran miedo es que el clima revolucionario generado por el Presidente Chávez comenzará a caerse. Necesitamos estimular a la gente, mantener viva la llama de la revolución”. Por eso, está ayudando a organizar comités de ciudadanos. “Con estos mecanismos, la revolución será irreversible. Si a Chávez intentan removerlo por la fuerza, la gente será capaz de salir a las calles y defenderlo”.

Chávez nació en una casa de adobe con suelo de tierra en Sabaneta, un pueblo pequeño rodeado con pastos, palmeras y palos de mango, pero su familia se mudó hace un tiempo a la ciudad de Barinas, capital del Estado. En 1988, mientras corría para la presidencia, su padre hacía campaña para gobernador del estado. Y ganó. El padre del Presidente Chávez no se ha sentido muy bien -tiene cáncer de próstata- y sus hijos lo ayudan con sus labores de gobernador. Sus hijos Narciso, hombre de negocios; Argenis, ingeniero eléctrico; Aníbal, profesor de inglés, y Adeliz, banquero, han sido considerados una pandilla de ladronzuelos cuyas actividades han avergonzado a Chávez.

La mansión de su padre, el gobernador de Barinas, es una versión pequeña de La Casona: una casa laberíntica, con columnatas y un jardín lleno con árboles. Primero me recibió el hermano más joven de Chávez, Adeliz, un hombre de 40 años, con una gran mandíbula y pelo liso. Vestía terno gris y una corbata floreada. También tenía un anillo de oro con diamante. Recién se había convertido en vicepresidente corporativo del Banco Sofitasa.

Cuando Adeliz se retiró, don Hugo y doña Elena entraron en la oficina. El presidente Chávez heredó el color de piel de su padre, pero su cara y gruesa mandíbula las heredó de doña Elena. En ese día, ella era la que más hablaba: “Algunas veces creo que Hugo ha sido enviado por Dios para ayudar a su pueblo, pero está solo en esto. Yo le rezo a Dios y la Virgen que lo cuiden por mí, porque tiene muchos enemigos”. Ella y su marido acababan de regresar de Cuba, su primer viaje fuera de Venezuela. Fidel los había tratado magníficamente.

Pocos días después, el presidente me invitó a acompañarlo en un viaje al interior. Nuestra primera parada fue en Barinas, donde Chávez abrió una nueva sección de la autopista. Cuando los helicópteros tocaron tierra, la gente quebró el cordón de seguridad y se lanzó como enjambre sobre Chávez, gritando su nombre. Sostenían pancartas y cartas dirigidas a él. Chávez repartía besos y apretones de mano. Dos soldados que estaban detrás de Chávez llenaban los sacos con las cartas que la gente les lanzaba.

Ya era pasada la medianoche cuando retornamos a Caracas.

A la mañana siguiente, Chávez fue a La Esmeralda, un puesto de avanzada en la jungla amazónica y a una hora y media de vuelo de Maracaibo en el jet presidencial. En La Esmeralda se encuentra una misión salesiana, un cuartel de la Guardia Nacional, unas casas con techos de hojalata y palmera, un muelle. Algunas monjas y misioneros, soldados, funcionarios civiles y un grupo de muchachos y muchachas indígenas, todos descalzos, esperaban por Chávez en la pista. Había llegado a La Esmeralda para dar a las aisladas comunidades indígenas una flota de ambulancias para ríos, hechas de fibra de vidrio y con motores fuera de borda.

Al tiempo que la ceremonia comenzaba, representantes de varias comunidades indígenas deambulaban cerca, esperando una oportunidad para hablarle. De repente, un grupo de unos 30 indios yanomami apareció corriendo desde el bosque. Usaban taparrabos y sus torsos desnudos y piernas estaban cubiertos con pintura negra de guerra. Emitían gritos y agitaban sus armas. En medio del grupo, un pequeño yanomami gritaba en un castellano apenas inteligible. Estaba hiperventilado. Finalmente, comprendí que estaba informando de la queja de varias villas que habían sido excluidas de la entrega de las ambulancias flotantes.

La escena de los yanomami había pasado inadvertida para Chávez. Aún estaba discurseando y diciéndoles a los otros indígenas reunidos que ellos eran los originales venezolanos, y que todos los venezolanos, sean indios, negros o blancos, tenían los mismos derechos bajo la nueva Constitución. “Yo soy blanco, negro e indio, así como la mayoría de los venezolanos”, les gritó.

En el vuelo de retorno a Caracas, Chávez me llamó a su compartimiento privado. Sacó su agenda y me propuso que llegara por la mañana a su oficina en el Fuerte Tiuna. Le pregunté acerca de las cartas. Se puso a reír. Me dijo que tenía un equipo especial de asistentes que hacía un sumario de todas las cartas cada noche, y cada mañana él pasaba por ellas. “¿Todas las cartas?”, le pregunté. “Todas”, me aseguró.

El Fuerte Tiuna es un lugar calmado, limpio, con césped bien cortado y barracas y caballerizas recientemente pintadas. Los soldados saludan a cualquiera que se cruza con ellos. Hay una estatua de bronce de Simón Bolívar en el atrio del edificio del Ministerio de Defensa, que muestra al Libertador en el campo de batalla. Los balcones de varios pisos de oficinas dan hacia este atrio. La mañana que vi aquí a Chávez llevaba un uniforme militar, incrustado de listones y medallas.

“¿Sabías que este es el cuarto donde estuve prisionero el 4 de febrero de 1992 después que me rendí?, me dijo. “Me senté exactamente sobre ese sofá”, agregó, y señaló hacia un sofá. “Todo está exactamente igual”. Me dijo cómo había persuadido a los comandantes militares para que le permitieran estar en vivo por televisión y dirigirse a sus camaradas que todavía combatían. Chávez explicó que no ensayó nada. “Todo lo que sabía era que no quería aparecer ante la nación luciendo como un Noriega cuando se rindió a los gringos. Derrotado y con un número colgándome del cuello”. Me dijo que de repente una “voz interior” le empezó a hablar. “No sé qué habrá sido. Mi subconsciente o algo”. Las palabras simplemente le brotaron, continuó diciéndome. Y de repente, me dijo palabra por palabra el discurso que había dado esa noche.

Le pregunté por los problemas que ahora enfrentaba estando en el poder y dibujó una serie de flechas en un papel. Los dibujos representaban sus “acciones” y sus “obstáculos”. Me dijo que había ganado la primera fase de la revolución, la fase política, que incluía la victoria presidencial y el exitoso referéndum para la nueva Constitución. La siguiente fase, dijo, era la revolución socioeconómica. Luego dibujó una flecha recta y otra que giraba hacia un lado. La flecha recta, dijo, era “la revolución”, y la otra, la flecha flexible, representaba “el reformismo”.

“Tal vez dentro de dos años seremos capaces de decir que la revolución bolivariana triunfó sobre sus obstáculos”, dijo y señaló la flecha recta. “O que se le obligó a desviarse y terminó siendo una reforma”, agregó, indicando la flecha flexible. “Pero eso sería perjudicial, porque necesitamos una revolución y si no la alcanzamos ahora, surgirá más tarde, pero con otra cara. Tal vez de la misma forma como cuando salimos a medianoche con las pistolas”.

Chávez admitió que todavía “había confusión y malentendidos”, especialmente en Estados Unidos, sobre lo que exactamente eran sus políticas. “Hasta hace poco -dijo-, lo que se estaba argumentando o debatiendo, aquí y en el exterior, era cómo domar a Chávez. Tratémoslo bien para ver si lo podemos domar”. Comenzó entonces a reírse y dijo: “Pero parece que esta bestia no es domable”.

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