25 sept. 2008

Diálogo sobre el Republicanismo | Maurizio Viroli


El republicanismo tiene diferentes interpretaciones; el mío es ‘realista’, es decir, no pasa por alto el hecho de que los individuos viven realmente con pasiones e intereses. El republicanismo es una interpretación particular de la libertad política, diferente del socialismo, del democratismo y del socialismo.

Se puede hacer cultura republicana con un partido demócrata, con otro socialista, etc. Pero la pregunta que hace siempre el republicano es la pregunta por la libertad y por la ley. Si se quiere libertad regida por la ley (y no por los intereses particulares de un grupo) entonces se es republicano.

Libertad para un republicano significa ‘no tener dueño’, ‘no ser dependiente’ y no importa si el dueño es bueno; el solo hecho de vivir bajo un dueño quiere decir que no se es libre. El miedo produce un ‘ánimo servil’ y por lo tanto provoca que no se pueda se libre. Por eso el republicanismo proclama que en la comunidad política lo fundamental es la ley. En eso no hace más ni menos que seguir la tradición política clásica. Como decía Cicerón, ‘somos siervos de la ley para no ser siervos de los hombres’.

Hay tres conceptos centrales en el republicanismo: ‘virtud civil’, ‘caridad’ y ‘patria’.

Para ser libres ha de poder desarrollarse la ‘virtud civil’, concepto que halló su formulación en Maquiavelo. ‘Virtù’ no es un concepto moral (no se trata de ser ‘bueno’, en un sentido ingenuo), sino político, la virtud republicana es efectiva y pertenece al ámbito del interés público. Pero conviene concretar que la virtud civil debe ser educada, preparada, y que no nace en un día. De ahí la importancia de la enseñanza como ámbito de creación de ciudadanía.

El otro concepto fundamental que sustenta mi teoría del republicanismo es el de la ‘caridad’, situada más allá de la justicia. La caridad sólo pueden emprenderla los fuertes. Caridad es una virtud civil que consiste en ‘la cura del bien público’.

La tercera de las grandes palabras del republicanismo es ‘patria’, un concepto que debe ser entendido a partir de la afirmación de Rousseau: ‘sólo tiene patria quien vive en una nación libre’. Es decir, el patriotismo significa la defensa de la libertad y de la ley que para Rousseau es ‘garantía de la libertad común’. La patria no es un ‘lugar natural’, sino un espacio con leyes, un espacio donde se realiza el bien común.

El patriotismo es la pasión por la libertad y de ahí que una patria libre sólo puede contar con la fuerza y el espíritu cívico de aquellos entre sus propios ciudadanos deseosos de ser libres. Por eso el patriotismo (cívico) se contrapone al nacionalismo (étnico). Por eso el patriotismo no pide una lealtad ciega sino una lealtad crítica.

La nación no implica la participación en un origen étnico –o en un idioma–, sino en un proyecto de libertad y de vida en común regida por el Derecho. [En su PER AMORE DELLA PATRIA, PATRIOTTISMO E NAZIONALISMO NELLA STORIA (1999, 2ª ed, 2001), Viroli, retoma una idea de Lipsio en el DE CONSTANTIA: ‘nuestro amor a la patria (amor et charitas), no proviene de la naturaleza, sino de la convicción de la que la patria es la garantía de nuestra vida y de nuestra propiedad’, (p. 48)]

En contraposición a otras teorías el republicanismo no es una teoría racional sino que considera al hombre movido por pasiones. La pasión cívica, la pasión por la libertad, es el fundamento del patriotismo.

El uso republicano de la palabra ‘caridad’ tal vez pueda sorprender porque también Benedicto XVI ha escrito ‘Deus est charitas’. Pero muchos republicanos son también cristianos: la caridad republicana consiste en ser un buen ciudadano y, de hecho, los católicos republicanos tienden a ser al mismo tiempo cristianos y anticlericales. El republicanismo tiene algo de religión en la medida en que es comunitario; pero es una ‘religión de la libertad’, incompatible con los privilegios y con la sumisión de la conciencia ante nadie (sacerdote o no). En este sentido el republicanismo es laico, cosa que no significa necesariamente anticlerical. Para que una sociedad sea libre ha de estar viva también la conciencia social.

Por lo demás el republicanismo –a diferencia de la teoría de Habermas- no cree en el consenso, sino en el disenso. Como Mill, considera que cuanto mejor es una sociedad, más diversa es.

El pensamiento republicano implica un saber, en tanto que experiencia política, que tiene una base histórica; en este sentido la historia es eficaz no tanto como memoria (aunque toda república debe honrar la memoria sus héroes cívicos), sino como forma de aprendizaje de la libertad. Para un republicano, la virtud civil no es el fin sino el medio para la libertad.

Los republicanos no son cosmopolitas, no hay que destruir las naciones sino mantenerlas libres. La condición necesaria para la secesión es que esa sea la única posibilidad real para que los ciudadanos mantengan su libertad. Si un Estado central es despótico y no puede dejar de serlo (si todos los partidos de ese Estado central están de acuerdo en que, por encima de cualquier diferencia, en esquilmar una región, en escarnecer otra lengua, otra cultura, etc.), entonces para mantener su libertad pueden autodeterminarse.

Si la razón para hacerse independiente es no pagar impuestos, entonces no hay razón. Pero si la razón para hacerse independiente es ser más libre, entonces si la hay.

Finalmente dos cuestiones: ¿cómo se hacen republicanos?, y ¿cuál es la relación entre republicanismo y democracia?

Se hacen republicanos de tres maneras. En primer lugar, dando ejemplo, mostrando que se puede vivir dignamente la propia vida guiado por la libertad y la virtud civil. En segundo lugar haciendo buenas leyes, promocionando leyes que sean útiles al bien común y no a una sola parte de la sociedad. Y finalmente se hacen republicanos mediante la educación y los rituales republicanos, creando símbolos y fiestas republicanas, fortaleciendo el sentido de pertenencia y de convivencia. Así honrar a los héroes y celebrar la fiesta nacional promociona la cultura cívica.

En la medida en que el republicanismo pretende la creación de un ideal cívico, el republicanismo puede contribuir a superar la distancia entre la política y la ciudadanía. El abstencionista político deja de votar porque considera que nada de lo que discuten los políticos incumbe a su vida cotidiana. Pero la mejor forma de luchar contra esa idea es hacer real un espacio cívico donde se vean reflejadas las necesidades de los individuos reales. Al proponer un ideal político, el republicanismo interesa a los jóvenes. Si la política no capta el interés de los jóvenes es porque la ven ‘demasiado realista’ y falta de ideales. El republicanismo, en cambio, considera que realizar en el concreto la virtud republicana es un ideal que implica a todos. No se puede prescindir de la utopía en política sin producir el desánimo. Eso no quiere decir que el republicanismo considere que la política es toda la vida, ni que todo en la vida sea político. Simplemente una vida sin política es más pobre.

En cuanto a la diferencia entre republicanismo y política, hay que insistir en que democracia es el ‘gobierno del pueblo’, mientras que republicanismo es el ‘gobierno de la ley’. Los republicanos no creen que el pueblo tenga razón por el solo valor del número sino por la fuerza de la ley y de la libertad común. Sin cultura republicana no hay una buena democracia.


Maurizio Viroli 
Extracto de una conferencia en el Ateneu Barcelonès, del 15 de septiembre de 2007.

24 sept. 2008

El sentido de la historia en El Arca Rusa de Aleksandr Sokurov | Nicolás Ocaranza



El Arca Rusa de Alexandr Sokurov es un magnífico espejismo, una imagen histórica evocada en una sola toma y secuencia audiovisual que no necesitó de montaje para el registro cinematográfico. La película, rodada en video de alta definición en el actual museo Hermitage de San Petersburgo, se despliega en un continuum, sin interrupciones ni quiebres de lo que parece ser la evocación de un tiempo perdido. Esta obra se convirtió en el largometraje filmado ininterrumpidamente más extenso de la historia del cine, gracias a una steadicam que rodea y sigue a los múltiples personajes de la corte que van apareciendo a lo largo de la trama, así, las imágenes de la historia imperial de Rusia flotan a través de las galerías del museo y se disuelven continuamente como si fueran capítulos de un sueño difuminado.

El marqués de Coustine, un diplomático francés del siglo XVIII, inicia este recorrido por la historia rusa adentrándose en las salas del antiguo Palacio Imperial. En su trayecto, que se despliega como un viaje por el tiempo, va encontrando los vestigios de Rusia en los distintos salones, habitaciones del palacio y personajes con quienes se cruza. Una sugerente escena muestra un diálogo entre Coustine y un noble ruso, en la que el marqués ataca incesablemente a la cultura rusa. Más adelante, en lo que parece ser una trampa del tiempo o una escena anticipatoria, el marqués se desvía a través de una puerta equivocada y se encuentra en un frío taller al aire libre en medio de la nieve, y escucha atónito una descripción de los horrores del siglo XX que aún no han ocurrido.

Sokurov, que siempre se ha interesado por temas históricos, ha señalado que su intención en esta película era captar el flujo del tiempo en un estilo cinematográfico, con un lenguaje que sugiere el fin de una época de esplendor y la destrucción de los valores de la sociedad aristocrática. Precisamente eso es lo que El Arca Rusa logra, al observar con una inquietante intromisión la vida privada y la caída de los principales monarcas de Rusia como Pedro el Grande, Catalina II y Nicolás II, quienes no se percatan de estar siendo observados por un narrador que los interpela continuamente. Esto plantea al espectador la contradicción que enfrentaron los gobernantes, el desconocimiento o ceguera de la efervescencia política y los cambios culturales que estaba viviendo la sociedad rusa y por extensión, la europea, frente a la comodidad y estabilidad de la vida palaciega. Estos destellos del pasado evocan un sentido de la historia que es a la vez íntimo y distanciado, en definitiva, doliente, pues la visión que entrega Sokurov refleja que tanta vida, tanta belleza, se desvanece en las brumas del tiempo.

El Arca Rusa es una historia de fantasmas, personajes que obnubilados por su propio mundo fueron sorprendidos y arrasados, no es extraño entonces, que el lugar físico en donde transcurren las acciones sea en la majestuosidad del Hermitage, museo que es el orgullo de San Petersburgo y el custodio o depósito (el Arca) de la historia y la cultura de Rusia. Por ello, el paso por las distintas locaciones como el Palacio de Invierno (la antigua residencia de los zares) o la breve ojeada a la vida y obra de Alexander Pushkin muestran una visión evidentemente nostálgica del pasado, que para algunos podría ser interpretada como reaccionaria. Sobre todo si se tiene en cuenta que la película es narrada en un soplo reflexivo, por un artista contemporáneo que despierta para encontrarse a sí mismo en el antiguo régimen. Sokurov realiza un recorrido por el tiempo histórico siguiendo el trayecto de la memoria. Las imágenes aparecen como un lento suceder a medida que el personaje central transita por espacios recobrados. Esta película no solo posee destellos notables de imaginación, sino también nos lleva a pensar en el sentido de nuestros recuerdos; en las imágenes que marcan nuestra memoria y que aparecen con el paso del tiempo.

La película culmina con una recreación del último gran baile real celebrado en honor al zar Nicolás II en 1913, poco antes de la revolución bolchevique. La pompa y el nacionalismo quedan en evidencia al escuchar la música de una orquesta sinfónica que interpreta piezas de Glinka (compositor que años antes homenajeó al imperio con su obra “Una vida por el zar”) que acompañan a los cortesanos en la danza mazurca.

Esta última exhibición de la riqueza y el privilegio es tan compleja que sería equivocado reducir la mirada de Sokurov a una simple nostalgia de la era prerrevolucionaria de zares y siervos. Al contrario, esta extraordinaria secuencia evoca aún más poderosamente la ceguera histórica de una aristocracia dichosa, que ha olvidado que se encuentra de pie en arenas movedizas.
Nicolás Ocaranza